jueves, 20 de diciembre de 2012

Memorias del FIn en la Isla Infinita

En el 2012 se acabará el mundo, este mundo por lo menos: “Ya era hora; realmente se nos había ido de las manos”. Será el sarcástico comentario que apurarán los sobrevivientes. En la supervivencia siempre es mejor decir: "yo lo sabía, lo andaba diciendo". Pero los sobrevivientes creen sobrevivir desde mucho antes, desde que el desastre es sólo anuncio y presagio. Para vivir mientras confortablemente, y para no quedarse solos después de la catástrofe, y porque se han adaptado exitosamente al desastre, creen que ningún Armagedón ha ocurrido ni ocurrirá jamás y anuncian a toda voz que esperarán el fin en un lugar visible de la ciudad. Convocan a todos los inmortales, de manera que ninguno de los miles de techos de la inmensa ciudad serán suficientes. Así han vivido muchos años, con nada mejor que un día detrás de otro, y porque han recorrido la senda de toda su vida creen que así mismo anda el mundo; y porque creen (absurdamente claro) que no van a morir suponen que nada ha de morir nunca ni lo hará. 
Las opciones son múltiples. La imaginación es fértil y nada mejor para exaltarla que imaginar el fin. Catástrofes naturales de las más diversas, juntas o por separado, o la contingencia de un loco que apretará el botón, ese al que tememos desde que fue posible iniciar la secuencia del fin apretando un botón. Una semana antes, cobertura total por la televisión. ¿Llegará a Cuba el fin del mundo? ¿Está la defensa civil preparada para tal contingencia? ¿Cree usted en el fin? ¿Ha tomado medidas para protegerse y proteger a su familia? Evidentemente, nadie ha vivido antes el fin del mundo, porque de haberlo hecho, sabrían que después del fin ya no hay defensa civil o familia. Pero en el hábito de convivir con la catástrofe ha terminado por parecernos más importante la defensa civil o los pequeños y a ratos mordaces arreglos imaginarios que el desastre mismo. Ha de ser porque cada uno de nosotros ha pasado varias noches en la oscuridad escuchando huracanes en la tenue luz de una vela; los oídos atentos, adelantando a los ojos en las señales,  temiendo cualquier daño y a la vez añorando el suceso que ha de revolverlo todo. Ahí seguimos, aunque los huracanes se hayan puesto muy serios y haya sido imposible seguir el ritmo de esta, nuestra incofesa práctica nacional: cicloneros y tiradores de placas * ha denominado un anónimo chofer en un día posterior a la tormenta a lo que entiende nuestra más nutrida vocación del carácter nacional. Así que ahí vamos; algunos han decidido sentarse en los techos más altos de los edificios, a ver si esta vez de verdad nos sorprenden. Al día siguiente, puesto que el fin del mundo es solo otra mentira, una nueva victoria para la ciencia, un cielo despejado, confianza renovada en la Revolución, una nueva batalla que hemos sabido sortear a pesar de ser un pueblo agredido hace más de cincuenta años.

Parece sátira la imagen de la isla-mundo, flotando por imposiciones de la física y milagros de la convivencia, cual corcho como dicen muchos, solo porque pesa menos que el mar Caribe que la sostiene y no porque sea capaz de evitar ningún desastre; más bien creándolo, rondándolo, adornándolo, prediciéndolo… y "ya viene llegando, ya todo el mundo lo está esperando".
"Dime, Martí, ¿qué fue lo que tú soñaste?"
Mural frente a la Lanchita de Regla
Pero quizás el mundo se acabe y no se entere nadie. O quizás ya acabó y asistimos, indolentes, apenas posando los ojos en la rugosa superficie de las cosas, a la supervivencia. Ni lluvias ácidas, ni terremotos, ni volcanes, ni bombas nucleares teledirigidas. Tampoco saltos cuánticos o rayos sincronizadores o dispensaciones galácticas, aparecidos en la urdimbre mental de la isla para añadir sazón al siempre insuficiente inventario de supersticiones, más necesario a estas alturas ante la desaparición y sepelio del otrora socorrido principio del sentido común y la razón suficiente. Ese día del fin será el más bello posible: mucho sol, pero con brisa, fresco a la sombra y cielo muy azul con alguna que otra nube juguetona; frente al mar parecerán la misma cosa, como ha de ser, las aguas y el espacio infinito sobre nuestros ojos. Donde se encuentran allá en el horizonte, se dejará escuchar el murmullo de la eterna cópula. Pero todas las cortinas caerán, y los auspicios y las profecías de los no nacidos saldrán a la calle a devolver la memoria, frente al asombro de los que cultivan el menosprecio de los habitantes de la añoranza y el anhelo.

"Solegría" Hilda Landrove Torres
Serán saldadas las deudas. Un imperceptible darse cuenta, un sutil dejarse sorprender por la compresión de que el mundo siempre empieza y ahí mismo acaba siempre; para cada uno hay un mundo que empieza y otro que termina y para todos están los ojos reventados de ver, los oídos de oír, las manos de tocar. En un minúsculo momento, en una coordenada cargada a las espaldas, en esa daga metafórica ** que creemos compartir, en la convocación del rabo de nube que ha de venir a llevarse lo feo y barrer las tristezas, todo podrá ser revelado y desbordarse; quizás quede esta alucinación colectiva, esta "inmensa burrada en la que estamos metidos todos", más quieta y más limpia. Será el momento de repetir la pregunta de cierto poeta cantador reparador de relojes: "¿Qué nos pasó en las manos que no atinan, qué nos pasó en los ojos que no ven?".

Después, todo será lo mismo. Algunos seguirán como siempre, con un susto dentro porque habrán visto de golpe y no habrán alcanzado a entender, o habrán alcanzado y tratarán con esfuerzo de olvidarlo, porque el tiempo todo lo puede y todo lo cura, o eso dicen. Otros, los pocos, los que ya vivieron su propio fin de mundo, sabrán que después del tiempo, en el sintiempo, todos los momentos son como fotografías superpuestas en una inmensa tela dibujada con ningún rostro, y entonces sonreirán, cómplices, reconociéndose por vez primera entre las ruinas de un mundo que tardará aún en saber que ha acabado, para siempre.

"Y tú, empínate" Delonis Escalante Rodríguez
* Placa: techo de mampostería en "cubano" coloquial.

** "... Don Juan dijo que el nagual Elías le había explicado que la característica de la gente normal es que compartimos una daga metafórica: la preocupación con nuestro reflejo. Con esa daga nos cortamos y sangramos. La tarea de las cadenas de nuestro reflejo es darnos la idea de que todos sangramos juntos, de que compartimos algo maravilloso: nuestra humanidad. Pero si examináramos lo que nos pasa, descubriríamos que estamos sangrando a solas, que no compartimos nada, y que todo lo que hacemos es jugar con una obra del hombre: nuestro predecible reflejo...". El Conocimiento Silencioso: Carlos Castaneda.

*** Rayuela: Julio Cortázar

**** Quinto Regimiento, canción de Ariel Barreiro, trovador cubano

Autora: Hilda Landrove Torres

1 comentario:

Luara Lobaz dijo...

Que belíssima essa foto da Hilda no reflexo da água. Besos. Luara